TRAVESÍAS
Cuaderno de apuntes de Rafael-José Díaz
lunes, 19 de enero de 2026
martes, 13 de enero de 2026
martes, 16 de diciembre de 2025
lunes, 15 de diciembre de 2025
martes, 9 de diciembre de 2025
miércoles, 3 de diciembre de 2025
LA CENA
Voy encendiendo luces para llegar a la cocina, luces que comienzan con la del dormitorio, cuyo interruptor alcanzo con un simple movimiento de la mano sin ni siquiera necesidad de levantarme de la cama; luces como la del pasillo, que enciendo una vez que he apagado la del dormitorio y me permite atravesar el piso como si circulara por una columna vertebral que fuera dando acceso a las ramificaciones de los cuartos; luces como la del salón, que enciendo una vez que he apagado la del pasillo, y que, en un parpadeo, me permite percibir las estatuillas que lucen mustias en la estantería, el televisor apagado, el sofá sobrecargado de libros, los manojos de llaves en un cesto próximo a la puerta; luces como la de la cocina, que en realidad no es una sino dos: la luz del techo, que enciendo una vez que he apagado la del salón, y, por último, la luz del extractor colocado sobre la vitrocerámica, que enciendo una vez que he apagado la luz del techo de la cocina.
Entonces me asomo a un caldero en el que estoy cocinando media coliflor, una batata y una papa. Esa será mi cena de hoy. Me quedo un momento contemplando esos alimentos que bullen en el agua hirviendo en la que hace unos diez minutos los eché junto a sal en cantidad suficiente para que, cuando estén cocinados, tengan algo de sabor. La media coliflor flota con su blanca piel rugosa mientras gira como una peonza sin mucho equilibrio en medio del agua; la batata, acostada en el fondo del caldero, parece contemplarla con socarronería, preguntándose si realmente es necesaria una danza tan ridícula para asistir poco después a una extinción que yo llamaré –lo he hecho ya– mi cena; la papa, por su parte, juega un papel intermedio, pues, voluminosa, oronda, consistente, parece todo el tiempo estar queriendo sacar a bailar a la coliflor, esa jiribilla, pero, torpe como es, demasiado pesada, se retira siempre hacia el fondo y no sabe qué hacer con su impracticable, cargante deseo. Estoy asomado a ese caldero como si fuera un brujo, un adivino. Los alimentos llevan poco tiempo cocinándose y tienen que seguir allí un buen rato más. Tienen que hacerlo, de hecho, en soledad, a oscuras.
Voy apagando luces para volver al dormitorio, luces que comienzan con las de la cocina. Una vez que he apagado la luz del extractor colocado sobre la vitrocerámica, enciendo la luz del techo de la cocina, que me permite contemplar con el rabillo del ojo ese caldero del que obtendré el alimento para esta noche hechizada; una vez que he apagado la luz de la cocina, enciendo la del salón, que esta vez, al atravesarlo, fija mi atención momentánea en la persiana que recubre la ventana, que da a un patio y deja entrever un resplandor que viene de los pisos superiores, habitados unos por inquilinos antiguos y otros por inquilinos nuevos; una vez que he apagado la luz del salón, enciendo la del pasillo, que atravieso esta vez sin fijarme en nada, pues voy pensando en las vidas de los otros y en cómo se entretejen con la propia sin que nos demos apenas cuenta muchas veces; una vez que he apagado la luz del pasillo, enciendo la del dormitorio, que tiene otro interruptor junto a la puerta, lo que me permite no atravesarlo a oscuras, hasta que llego a la cama y me tumbo para seguir leyendo un rato. Sé que dentro de diez minutos habré de volver a iniciar todo el proceso para poder, zahorí empijamado, asomarme al caldero en el que estarán ya cocinados los alimentos que compondrán esta noche mi cena.
sábado, 29 de noviembre de 2025
ANOCHE, EN LA AZOTEA
Antes de volver a subir a la azotea, acuérdate de anoche: nada más abrir la puerta y dar el primer paso sobre las losetas exteriores, miraste al cielo, en dirección a la vertiente sur, y viste un filamento de luz, un mínimo resplandor que asomaba en ese preciso momento entre las nubes. La luz que así surgía fue aumentando y adquirió la forma de una barca: la proa afloraba con firmeza, como conducida por un timonel experto e invisible, y se dirigía hacia las montañas rebosantes de luminarias que no eran otra cosa sino las luces de las edificaciones y las farolas de las calles. La barca de la luna seguía sobresaliendo, cada vez con más pericia, de entre las nubes, que parecían una especie de mar de aguas espesas, no turbulentas pero sí cargadas de un peso que la barca debía superar, hender, apuntando con su proa hacia el cielo que podía adivinarse detrás de las montañas. Acuérdate. Hasta que, cuando volviste a girarte –porque no quisiste quedarte todo el tiempo mirando aquel viaje al que no estabas invitado–, la luna, cóncava como una trirreme o como una antigua nave egipcia, se había liberado por completo y resplandecía exenta, imponente, en medio del cielo, acuérdate, allí, en un claro entreabierto entre las nubes, en el corazón de un mar de aguas oscuras que parecían rodearla amenazantes. Así que seguiste fumando, despreocupado de lo que ocurría a tus espaldas. Miraste hacia la ventana en la que se transparenta a veces un torso dorado que, a punto de irse a dormir, capta toda tu atención con sus movimientos de felino encerrado tras las persianas entornadas. No estaba encendida anoche aquella ventana, así que recorriste con la mirada las azoteas de los alrededores, el cruce de la calle en la que vives con la avenida que circula en dirección al mar, las aceras, por las que transita a veces alguien que viene de trabajar en los hoteles o regresa a su casa una pareja acaramelada, pero que en aquel momento lucían solitarias. Y luego, aburrido de ese panorama que tienes más que visto cada noche, te volviste de nuevo hacia el lado del sur, acuérdate, y viste, como cuando saliste por primera vez anoche a la azotea, un filo irisado, el borde de una nube que ardía como si una antorcha lo estuviera alumbrando por detrás. ¡Y era otra vez la barca de la luna que, como si jugara contigo, había vuelto a esconderse tras las nubes, bajo las aguas de aquel mar de allá arriba, y aparecía ahora cautelosa, pero firme, impulsaba su proa con su mascarón de alabastro como si unos grumetes estuvieran tirando de ella con unas cuerdas desde la popa, y parecía ahora aún más decidida a dejar atrás todo aquel mar proceloso! La viste, acuérdate, y era una barca de verdad, o el sueño de una barca de verdad, aunque estuvieras despierto, y transportaba la luz de un lado al otro del cielo, de un mar a otro mar, a través de las montañas, sobre las habitaciones dormidas de los vivos y sobre los dormitorios despiertos de los muertos. Y tú estabas allá, en mitad de la azotea, sin sentirte ni vivo ni muerto, mero testigo de un viaje que duraba milenios, incapaz de montarte en aquella embarcación que, sin embargo, lo sabías, podía llevarte muy lejos, allí donde te esperaban todos aquellos que habían partido antes de ti, todos quienes, después de ti, algún día, habrían de llegar.
viernes, 28 de noviembre de 2025
jueves, 27 de noviembre de 2025
lunes, 24 de noviembre de 2025
domingo, 23 de noviembre de 2025
TESTIGO MUDO
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Hojeaba los libros, de vez en cuando. Pasaba los dedos sobre sus cubiertas, deploraba algunas manchas que no recordaba haber visto en ellas, sin darme cuenta de que llevaba muchos años sin sacarlos de las estanterías en las que parecían haber estado durmiendo toda una eternidad. Me decía que algo así, una especie de sueño eterno, era lo que podía atribuirse a esos libros que estaban escondidos detrás de otros, encajonados al fondo de los estantes, como si ellos mismos hubieran decidido perderse para siempre. Me asombraban en algunos las dedicatorias, que no recordaba, o me sorprendía al recordar alguna casi literalmente. Jugaba a adivinar cuáles estaban dedicados y cuáles no. Los hojeaba normalmente con serenidad, en una ceremonia íntima que, en cierto modo, me reconciliaba con mi propio pasado. Leía algunas líneas subrayadas e intentaba adivinar por qué esas y no otras habían sido las elegidas. A veces recordaba el lugar donde los había comprado, una librería a la que había llegado de casualidad, paseando por algún barrio desconocido de la ciudad que estuviera visitando por entonces. Otras veces ni siquiera recordaba tener aquel libro. Sujetarlo entre las manos, incluso comprobar, por la fecha inscrita en la última página, que realmente lo había leído, se convertía en algo casi fantasmagórico. Hacía esfuerzos por acordarme del lugar donde lo había leído, si era en algún café o en una de las viviendas que había habitado, si estaba de vacaciones en el apartamento del sur o si me encontraba de viaje en el extranjero. Todos aquellos libros que ahora iba extrayendo uno a uno del fondo de la estantería se habían convertido en la existencia final, definitiva, de quien los había escrito: eran ya su único rostro. Era misterioso que alguien a quien había visto hablar, reír, alguien con quien había estado cenando o paseando después de cenar, alguien con quien había permanecido en silencio, mientras la luz se escapaba por las rendijas de las persianas que daban a un jardín, alguien de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, alguien de quien me había despedido tantas veces y que, al hacerlo, me había transmitido el calor que cualquier mano infunde por el mero hecho de serlo; era misterioso, decía, que alguien así se hubiera quedado reducido a un conjunto de libros recluidos en un rincón de mi biblioteca. Y que esos libros hubieran permanecido allí durante tanto tiempo aunque, en cierto modo, estuvieran también dentro de mí, en la memoria que de ellos conservaba por haberlos leído en diversos momentos de mi vida, frases que me sabía de memoria, pausas que había hecho al leerlos entonces y que ahora, al releerlos después de tanto tiempo, volvía a hacer aunque no estuvieran pautadas sobre la página, todo un ritmo que se había transformado en parte de mi respiración, en parte de mi propio cuerpo, imágenes que me habían hecho soñar con otros mundos, visiones que había trasladado a lugares en los que ninguna visión parecía posible y que, por eso mismo, conservaban una fuerza que parecía volverlas indelebles.
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Recordaba que en alguna de las cajas que había guardado en un trastero tras mis muchas mudanzas se encontraban las cartas que había recibido. Nunca había vuelto a leerlas. Debían de ser unas veinte. Fueron enviadas en una época en la que no existían los correos electrónicos. Algunas, de eso estaba seguro, eran manuscritas, y otras estaban escritas a máquina. En los sobres que las contenían debían de estar pegados todavía los sellos, que en aquella época lo eran de verdad, con sus matasellos de tinta negra estampados sobre las efigies del rey o de algún otro personaje ilustre. Recuerdo que me había comprado un abrecartas de carey. Sacaba las cartas del buzón situado en el vestíbulo de la residencia universitaria en la que vivía por entonces. Tras entrar en mi habitación y depositarlas en la mesa que daba a una ladera de la colina, las abría y las leía como si en aquellos momentos estuviera recibiendo una visita de muy lejos. De vez en cuando, miraba los manzanos que florecían en los jardines de enfrente. Quien haya vivido solo durante mucho tiempo, en el extranjero, sabe que recibir cartas de vez en cuando es uno de los placeres más extraordinarios que existen en esas circunstancias. A veces me demoraba antes de abrirlas, pues quería degustar esa sensación previa al encuentro, como quien sabe que ha venido a visitarlo un amigo y lo hace esperar en el vestíbulo mientras se recrea en la habitación de arriba, antes de bajar, con las alegrías imaginarias que dentro de muy poco serán de verdad, degustando los abrazos o los besos que se darán al verse después de tanto tiempo, posponiendo esa innombrable satisfacción acaso para poder recordarla después con mayor intensidad. Lo que las cartas en sí decían no era tan importante como el hecho de recibirlas, como haberlas esperado durante semanas, como haberlas deseado y tenerlas ahora entre las manos, dentro de esos frágiles sobres que ocultaban un mensaje secreto, acaso un dibujo regalado para combatir el invierno, o un poema escrito a mano con una letra que nos retrotraía a aquel mundo dejado atrás, a otra época que casi empezábamos a olvidar.
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Que sean otros los que hablen, me dije. Yo estoy cansado de hacerlo y no sé bien para qué puede servir hablar si no creo tener nada que decir. Interrogar las imágenes que llegan a mí en ráfagas inesperadas es tarea más que suficiente para estos tiempos de silencio. Asisto con asombro a la apropiación que algunos hacen de un legado que creen que les pertenece. Se imaginan quizá que fueron elegidos para dar testimonio, pero el testigo no puede nunca ser designado. El testigo lo es siempre a su pesar. No hay legado que podamos considerar nuestro salvo el que se nos impone contra nuestra propia voluntad. Los libros de una vida se cargan con la impaciencia de quienes desearían desprenderse de ellos para aligerar sus mercancías en una larga travesía por el desierto. Es un almacenaje que nos interpela. Nos dice un libro: no eres digno de que yo esté frente a ti porque en mí reside un secreto que tú nunca sabrías desentrañar. Nos dice una carta: guárdame de nuevo en el sobre de donde me sacaste porque el mensaje que traigo era para otro que ya no eres tú. Así que lo difícil es saber estar a la altura de ese legado envenenado. A veces quisiéramos haber perdido esos libros. Con uno, dedicado, lo recuerdo bien, me ocurrió eso en un traslado en barco hasta el continente. Llevaba en el coche un saco con unos veinte libros que iban a ser mi alimento durante los meses que seguirían. Pero el primer día, mientras pasaba la noche en una triste pensión gaditana, asaltaron el coche, rompieron una de las ventanas y se llevaron, además de la maleta con la ropa, el saco con los libros. Tardé un par de años en comprar un nuevo ejemplar de aquel libro, pero este pálido sustituto quedó sin dedicatoria y fue leído bajo la mustia impronta de aquella sustracción. Era ya otro, otro libro. No era el que podía hablarme específicamente a mí como lo hubiera hecho aquel otro. Más o menos así tendría que gestionarse la sensación de tener que ocuparse del legado de quien nos ha dejado para siempre, de quien nos ha dejado, como única herencia, libros, cartas, manuscritos. Como en aquel libro que narraba cómo el propio protagonista se lo comía y, por tanto, el libro desaparecía dentro del protagonista y, a su vez, el protagonista desaparecía dentro del libro, se trata de adoptar la distancia adecuada para que el testimonio que nos creemos obligados a dar no nos termine devorando antes de deponerlo. Abriré la caja y revolveré entre las muchas cartas que contiene. Cuando encuentre la que busco, me quedaré en ese umbral entre la carta y mis ojos, me mantendré contemplando el sobre con mi dirección de entonces inscrita bajo los sellos. Imaginaré las palabras interiores. Haré que la lectura sea digna del silencio y que el silencio me permita mantener a raya la lectura. Devolveré cada uno de los libros extraídos al rincón en que dormían el sueño de los justos. Ya no pueden enseñarnos nada. Las sorpresas que nos brindaron lucen apagadas por el obstinado recuerdo de las primeras lecturas. Los versos deslumbrantes siguen iluminándonos por dentro y no nos darán más luz por mucho que los releamos. Este es el único legado del que puedo ser digo: dejar que quien durante mucho tiempo estuvo presente y durante mucho tiempo después, ausente, se quede flotando en ese limbo de la memoria imperfecta. Llevaré conmigo el legado de lo imprevisto: las manchas de humedad en las cubiertas, las correcciones de erratas hechas a mano, las dedicatorias que empiezan a palidecer, las palabras que esas cartas nunca releídas nos tienen reservadas, como si un mediodía se oscureciera de pronto, por causa de un eclipse o por habernos quedado ciegos de repente, condenados a un silencio que sabe más de nosotros que cualquier luz, que cualquier palabra leída sobre una página.
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